En la vida universitaria usualmente debido a las intensas y constantes actividades académicas, el cuerpo suele quedar en segundo plano. Nos acostumbramos a pasar largas horas sentados frente al computador, repasando fórmulas o escribiendo informes, como si el aprendizaje ocurriera únicamente dentro de la cabeza. Sin embargo, el aprendizaje no depende exclusivamente de esta parte de nuestro cuerpo sino de nuestro bienestar general.
El ejercicio físico no solo fortalece los músculos o mejora la apariencia; también mejora el rendimiento del cerebro. Numerosos estudios han confirmado que moverse con regularidad mejora la memoria, la concentración y la capacidad para resolver problemas. Cuando nos ejercitamos, aumenta el flujo de oxígeno hacia el cerebro, se liberan neurotransmisores que elevan el estado de ánimo y se estimula la producción de nuevas conexiones neuronales. Y esto no se limita a caminar, nadar, correr o ir en bicicleta sino también a realizar todo tipo de estiramientos y actividades físicas asociadas con la relajación y flexibilidad. En general, cualquier tipo de movimiento consciente y no relacionado con nuestras obligaciones va a traer un beneficio a nuestro rendimiento general.
Aun así, muchos estudiantes ven el ejercicio como una pérdida de tiempo, un lujo reservado para quienes “ya terminaron de estudiar”. Pero lo cierto es que incorporar movimiento a la rutina puede ser una de las decisiones más inteligentes para potenciar el rendimiento académico. Hacer ejercicio no le quita tiempo al estudio: se lo devuelve en forma de energía, claridad mental y equilibrio emocional. Es como realizar una pequeña inversión de tiempo en nuestro bienestar para verla reflejada en una ganancia en nuestra energía y vitalidad.
Diversos estudios en neurociencia han demostrado que la actividad física regular estimula la neurogénesis, es decir, la creación de nuevas neuronas, especialmente en el hipocampo, una región clave para la memoria y el aprendizaje. Además, el ejercicio incrementa la liberación de dopamina, serotonina y endorfinas, neurotransmisores relacionados con la motivación, la concentración y el bienestar emocional. Lo que produce esto es que cuando enfocamos nuestro cuerpo en movernos no solo entrenamos los músculos involucrados sino que focalizamos nuestro cerebro para pensar más claramente, recordar más fácilmente y mantener la concentración.
No solo tenemos beneficios en la motivación y concentración. En cuanto a la memoria, esta no solo depende de repetir información, sino también del estado en que se encuentra nuestro cerebro al aprender. El ejercicio físico mejora la plasticidad cerebral, es decir, la capacidad del cerebro para crear y fortalecer conexiones entre neuronas. Esto significa que, tras una caminata o una sesión de entrenamiento, tu mente está más receptiva para consolidar información nueva. El ejercicio y la actividad funcionan como una mejora en la capacidad de grabación de nuestras neuronas, algo muy útil por si necesitamos aprender muchos conceptos o gran cantidad de ecuaciones.
Adicionalmente, muy relacionado a una gran cantidad de problemas que expresan últimamente los estudiantes en torno a su tiempo de atención: en la vida universitaria es muy importante tanto estando en clase como realizando nuestro trabajo académico el mantener la atención durante una gran cantidad de tiempo es una habilidad muy importante. Sin embargo, entre clases, tareas, pantallas y distracciones, es fácil perder el foco. El ejercicio físico puede ser una herramienta poderosa para combatir esa dispersión.
Al aumentar el flujo sanguíneo cerebral, se eleva la disponibilidad de oxígeno y glucosa, lo que mejora el funcionamiento de la corteza prefrontal, la zona encargada de tomar decisiones, planificar y concentrarse. Por eso, después de moverse, muchas personas reportan una sensación de claridad mental y productividad.
Más fácilmente aún, los estiramientos regulares entre sesiones de estudio tienen consecuencias muy beneficiosas para los músculos, la movilidad, las articulaciones y la relajación. Personalmente esta es la forma de actividad a la que más dedico tiempo y la que priorizo más y puedo confirmar que desde que lo hago me ha ayudado en gran medida a estudiar y rendir de un modo más cómodo y mucho más eficiente.
Ser estudiante muchas veces implica tener días que empiezan antes del amanecer y terminan pasada la medianoche. Entre clases, trabajos, transporte y responsabilidades personales, encontrar tiempo para hacer ejercicio puede parecer imposible. Y, en cierto modo, es comprensible: no todos los días hay espacio para una rutina completa o una hora en el gimnasio.
La clave no está en buscar la perfección, sino en mantenerse en movimiento de forma consciente y constante. Unos minutos de actividad pueden mejorar el estado de ánimo, despejar la mente y hacer que el estudio sea más llevadero. En carreras donde el esfuerzo mental es enorme, cuidar el cuerpo no es un lujo, sino una manera práctica de sostener la energía y la claridad necesarias para rendir mejor.
Moverse no siempre será fácil, pero siempre valdrá la pena. Al final, un cuerpo activo aunque sea por pocos minutos al día es una de las mejores herramientas para mantener una mente despierta, equilibrada y lista para aprender.

