¿Es posible tener vida estando en la universidad?

A veces, antes de entrar a la universidad —o incluso estando dentro—, muchos jóvenes se hacen la misma pregunta: ¿voy a tener vida más allá del estudio?. Es común escuchar frases como “me van a enterrar entre parciales”, “no voy a tener tiempo ni para dormir” o “la universidad me va a quitar mis mejores años”.

Pero… ¿y si no fuera así? ¿Y si, en lugar de robarnos la vida, la universidad fuera el lugar donde realmente empieza?

Entrar a una carrera universitaria, sobre todo en instituciones exigentes como la Universidad Nacional de Colombia, puede ser un golpe de realidad. Las jornadas largas, los laboratorios, los parciales acumulados y las madrugadas de café se vuelven parte del día a día. Sin embargo, reducir la vida universitaria solo a eso sería quedarse con una versión incompleta de lo que realmente significa estudiar. La universidad no es solo un lugar para aprender teoría: es un espacio para vivir, explorar, conocerse y construir el futuro.

La universidad como espacio de vida (y no solo de clases)

Estar en la universidad no es lo mismo que “estar estudiando todo el tiempo”. Es también aprender a vivir en comunidad, a administrar el tiempo, a descubrir qué te gusta y quién eres fuera de las aulas. La vida universitaria puede ser tan rica y diversa como tú decidas vivirla.

En el caso de la UNAL, por ejemplo, el campus es prácticamente una ciudad dentro de la ciudad: hay zonas verdes, bibliotecas, canchas, grupos culturales, semilleros de investigación, cineclubes, ferias, cafés y hasta espacios de voluntariado. Puedes pasar del estrés de un examen a tocar guitarra bajo un árbol, ver una exposición en el Museo de Arte o unirte a un grupo estudiantil que luche por una causa que te mueva.
Cada rincón ofrece algo distinto: el silencio del bosque, el bullicio de los pasillos, los vendedores de empanadas, los ensayos de danza. Todo eso también es universidad. Todo eso también te forma.

Equilibrar lo académico y lo personal: el verdadero reto

Sí, las carreras universitarias —sobre todo las más demandantes, como Medicina, Ingeniería, Derecho o Arquitectura— pueden consumir gran parte de tu energía. Pero tener vida fuera del aula no es un lujo: es una necesidad para mantener la salud mental y emocional.

Uno de los errores más comunes es pensar que ser buen estudiante implica estudiar sin descanso. En realidad, el aprendizaje profundo ocurre cuando logras equilibrar el esfuerzo con el descanso y la conexión con otros. No se trata de tener “tiempo libre” en exceso, sino de aprovechar los pequeños espacios del día para desconectarte, moverte, reír, o simplemente respirar.

Algunos consejos útiles para lograr ese equilibrio:

  1. Agenda el descanso (y los huecos entre clases) como parte del estudio. No lo veas como “tiempo perdido”; es el momento en que tu cerebro consolida lo aprendido.
  2. Explora actividades extracurriculares. Grupos de teatro, música, voluntariado o investigación son excelentes formas de ampliar tu red de contactos y aprender cosas nuevas.
  3. Haz ejercicio o camina por el campus. No solo mejora tu salud física, también despeja tu mente.
  4. Aprende a decir “no”. No puedes estar en todo. Selecciona los compromisos que te aporten.
  5. Habla con tus compañeros. Muchas veces, compartir lo que sientes o pedir ayuda evita el agotamiento o el famoso burnout universitario.

El valor de las conexiones humanas

La universidad no solo te da un título: te da redes. Las amistades que se crean allí, los profesores que te inspiran, los compañeros con los que compartes proyectos o desvelos pueden marcar tu vida profesional y personal.

Si hay algo que el ambiente de la UNAL enseña, es que el conocimiento crece cuando se comparte. Un grupo de estudio puede convertirse en una amistad duradera; una charla con un profesor puede abrirte las puertas a una pasantía; una conversación casual en la cafetería puede inspirarte una idea para el futuro.
Así que sí, estudiar importa, pero construir vínculos importa igual o más. Al final, lo que recordamos de la universidad no son solo las notas, sino las personas, los aprendizajes informales y las experiencias que nos transformaron.

Vivir también es aprender

Uno de los grandes mitos es pensar que “vivir” y “estudiar” son cosas separadas. En realidad, aprender también es vivir: cuando fracasas en un examen y te levantas; cuando lideras un proyecto; cuando descubres un nuevo interés; cuando decides cuidar de ti.
La universidad no es un túnel de sacrificio que termina con un diploma; es una etapa de exploración.
Y aunque haya momentos difíciles —porque los habrá—, esos retos no son señales de que te equivocaste de camino, sino parte del proceso de crecer y formarte como profesional y como persona.

Entonces, ¿sí se puede tener vida en la universidad?

Sí, se puede. Pero más que posible, es necesario. No hay contradicción entre ser un buen estudiante y tener vida social, emocional o creativa. De hecho, las personas que logran mantener un equilibrio suelen ser las que más disfrutan y mejor aprovechan su experiencia universitaria.
El secreto está en no dejar que la universidad te pase por encima, sino en aprender a habitarla, a hacerla tuya.

Así que si alguna vez te asusta entrar a la universidad porque crees que no tendrás tiempo para vivir, recuerda esto: la universidad no te quita la vida; te da una nueva forma de vivirla.
Aprovecha el campus, las personas, los espacios, los silencios y los caos. Aprende de los libros, pero también de los otros y de ti mismo. Porque estudiar, al final, no se trata solo de aprobar materias: se trata de aprender a vivir con propósito, curiosidad y pasión.