En el entorno universitario, las notas parecen definirlo todo: el orgullo personal, la beca, la validación de los demás e incluso la idea que tenemos de nuestra propia inteligencia. Nos enseñan que una buena calificación equivale a éxito y que una mala es sinónimo de fracaso. Pero ¿qué pasa cuando ese número en la hoja no refleja el esfuerzo, la comprensión ni las circunstancias que hubo detrás? ¿Qué ocurre cuando una mala nota duele más de lo que debería?
El sistema académico está diseñado para medir resultados, no necesariamente procesos. Sin embargo, aprender es un camino lleno de tropiezos, errores y ensayos fallidos. La paradoja es que lo que más nos enseña rara vez cabe en una calificación. Fracasar (si es que puede llamarse así) no debería verse como el fin de un camino, sino como una parte inevitable y valiosa del proceso de aprender. Cada examen perdido, cada taller que no salió como esperábamos, es una oportunidad para entender cómo pensamos, cómo estudiamos y cómo enfrentamos la frustración. En lugar de ver las malas notas como una sentencia, podríamos comenzar a verlas como una señal de ajuste, una retroalimentación que nos empuja a mejorar nuestras estrategias y fortalecer nuestra resiliencia académica.
Una nota puede decir si acertaste o no en una respuesta, pero no puede reflejar cuánto aprendiste del proceso, cuántas horas dedicaste, qué obstáculos superaste o qué tanto mejoraste respecto a tu versión anterior.
Las notas no miden el contexto: no miden si tuviste que levantarte a las 4 a.m. para tomar transporte público, si tuviste que trabajar medio tiempo o si estás atravesando un mal momento personal. Tampoco miden la curiosidad, la creatividad ni la capacidad de perseverar, cualidades esenciales para la ciencia y la ingeniería.
Comprender esto no significa dejar de valorar las calificaciones, sino ponerlas en perspectiva. Son un indicador parcial, no una sentencia total. No determinan quién eres como estudiante ni definen tu potencial como profesional.
En lo personal, el valor que le doy a las calificaciones es de indicador de corrección, indican los errores que puedo estar cometiendo y los fallos en mi enfoque al estudiar las temáticas importantes. Sin embargo, esto considerando el contexto en el que vea justa la calificación. Lo importante de poner las notas académicas en perspectiva es que en gran cantidad de ocasiones nos permiten dejar de cargar una responsabilidad que no tenemos con respecto a la razón por la que obtuvimos un mal resultado. Podría contar infinidad de razones ajenas a mí por las que he tenido malas calificaciones desde la ineficiencia de la pedagogía del profesor hasta la cantidad innecesaria de temas tratados en un parcial debido a la mala planeación del programa académico de la materia.
Una vez se da una perspectiva realista y conectada con nuestro contexto para las calificaciones podemos decidir cómo actuar al respecto después del “fracaso”. Siempre hay vías para mejorar y cambiar nuestra filosofía acerca de las malas notas:
- Normaliza el fracaso: Todos los estudiantes, incluso los más destacados, se han equivocado muchas veces. Hablar abiertamente de los errores con compañeros o profesores ayuda a entender que equivocarse no es una excepción, sino parte natural del proceso.
- Convierte el error en práctica: Si te fue mal en un examen, guarda el material y úsalo como banco de ejercicios. Resolver de nuevo los problemas donde fallaste te ayudará a consolidar lo que antes parecía imposible.
- Busca retroalimentación real: Pregunta a tu profesor, monitor o compañeros con los que tengas confianza para comparar tus resultados qué aspectos específicos puedes mejorar. No se trata solo de saber qué estaba mal, sino por qué estaba mal.
- Cuida tu bienestar: Una mala nota puede sentirse como un golpe a la autoestima, pero descansar, comer bien y dormir lo suficiente son factores que influyen directamente en el rendimiento académico. Aprender también es cuidar el cuerpo y la mente.
- Recuerda tu propósito: No estudias para coleccionar cincos, sino para entender, crear y aportar. Las notas se olvidan; lo que realmente queda es lo que logras comprender y aplicar.
En un sistema académico que nos enseña a medir nuestro valor en cifras, aprender a fracasar se vuelve un acto de madurez y de autoconocimiento. No porque las notas no importen, sino porque no dicen todo sobre lo que somos capaces de aprender y construir.
Una mala nota no es una sentencia, no define tu potencial, solo señala un punto desde el cual puedes mejorar. Cuando entendemos esto, dejamos de estudiar para evitar el fracaso y comenzamos a estudiar para entender y crecer.
Al final, el aprendizaje más profundo no se mide con un número, sino con la capacidad de mirar hacia atrás, reconocer nuestros errores y seguir adelante con más claridad. Fracasar no implica rendirse: implica una forma alternativa de aprender.

